lunes 16 de julio de 2007

Entre el golpe y la caricia




Era un día más en la Planta Nuclear de los Temibles Andropov, un día normal y corriente dentro de lo anormal y poco corriente que ahora es todo. Se marca tarjeta a las 4 de la madrugada y se trabaja hasta las 10 de la noche, entre las 12 y las 12:15 se puede comer –si se te pasa ese cuarto de hora no comes-, no se puede conversar con los colegas, está prohibido reír, pero sobre todas las cosas no se puede nombrar a los Chang. Al final del día se sacan las cuentas de los millones de rublos que se han ganado y que se depositan directamente en la cuenta privada de los Andropov. A los trabajadores se les dan las fichas para que puedan pasar al patio a hacer la cola para recoger un pedazo de pan hecho anteayer, una botella de leche y un atado de tabaco (lo bueno, si no fumas, es que lo puedes cambiar o vender; pero que no te vean porque si lo hacen vas castigado y pasas la noche entera encadenado a una turbina dentro del reactor encendido). En eso tocaron a la ventanilla de vidrio blindado y cuando levantamos la cabeza para ver quién golpeaba, el primer pensamiento que se nos vino a la cabeza es que nos habíamos muerto porque esos eran un par de ángeles que nos habían venido a buscar. Abrimos la compuerta de seguridad y entraron dos diosas eslavas, Yelena y Oxana se llamaban. Que necesitaban trabajo, que harían cualquier cosa, que estaban dispuestas a todo. Y cuando decían a todo era a todo.

Justo cuando nosotros estábamos negociando qué se podía hacer a cambio de dos atados de tabaco, medio pan duro y tres cuartos de botella de leche entraron los terribles Andropov en persona. Estalló una discusión entre todos los presentes, excepto nosotros dos que era como si no existiéramos. Se gritaron en ruso. Se insultaron en ruso. Se rieron en ruso. Acordaron algo. Salieron al patio.

-¿Qué pasó, Fedosy, entendiste algo? Tú que tus antepasados vienen de por allá.

-Yo creo que entendí mal, porque lo que capté fue rarísimo, palabras sueltas: container, masajistas, mujeres, muchas.

Volvieron los Andropov y nos mandaron a salir para echar una mano en el estacionamiento. Un enorme container estaba en el centro del asfalto como si lo hubieran lanzado desde el cielo, rodeado de bombas viejas sin explotar, de desechos radiactivos, metales fundidos. Decenas de trabajadores de la planta nuclear forcejeaban con las cerraduras, intentaban con sopletes abrir la enorme caja metálica. Había un brillo especial en los ojos de los hombres, una pasión por destapar lo que había allí adentro. Como si la fuerza misma de la vida dependiera de lo que fuera se escondía en su interior. Se frotaban las manos, se sorbían la saliva, sonreían con malicia, se acomodaban la entrepierna bajo el pantalón. Hasta que cedió una de las caras del gran container y comenzaron a saltar de adentro mujeres.

Nenas checas, diosas bosnias, angelitas ucranianas, hermosuras polacas, princesitas rusas, muñecas eslavas de todos los tamaños y sabores, y dos chinas. Dos chinas preciosas a quienes la última vez que habíamos visto estaban modelando ropa interior en la Pantaletería de las hermanas Chang. Las hermanas Chang nos hicieron un guiño con el ojo, una sonrisita demoníaca y profirieron un grito de batalla. En eso comenzaron a salir más y más mujeres del container, armadas de ametralladoras, granadas, fusiles, espadas, bayonetas, ballestas. La lucha duró poco. El golpe de las mujeres bravas fue demoledor. En pocos segundos tenían a todo el personal de la planta nuclear maniatado y amordazado. Incluyéndonos. Con el rabillo del ojo logramos ver a los terribles Andropov huir por un boquete bajo la cerca. Parecían perros callejeros apaleados. Tratamos de dar la voz de alerta, de llamar la atención de las hermanas Chang, pero las mordazas estaban muy apretadas. Y a las hermanas, además, se les llenaba la cara de un placer inocultable al vernos gemir desesperados y sometidos a su entera disposición.

-Desaten a estos dos. Los vamos a necesitar -ordenaron las chinas a sus fieras eslavas-. A partir de este momento se acaba la mano dura de los terribles Andropov… y se instaura el tacto sublime de las masajistas Chang. Vamos, chicas, manos a la obra.

Fedosy Santaella y José Urriola (más que masajistas, masajeados).

7 clientes han dicho:

TOROSALVAJE dijo...

Me gustó, sobre todo por el giro final, llegué a temer algo repugnante antes de comprobar que ellas iban armadas. Sí, en estos temas no soporto los finales no felices.

Me ha gustado, es bueno y refrescante, para el verano ideal.

Mi aplauso.

Anónimo dijo...

amo a las Chang

sergiomarquez dijo...

Broders, uno de mis números favoritos, las hermanas son despiadadas. Redondito. Abrazos

carloszerpa dijo...

Maravillosas las Chang
Ahora esperamos la resurrección de sus hermanos al tercer día.

Acidez Sexual dijo...

tremendo post!! mis felicitaciones!

Ramiro dijo...

hola, te gustaria obtener ingresos con tu blog???
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Borrasca dijo...

Descubrí este blog por casualidad y me gustó mucho lo que leí.

Besos borrascosos